
El filósofo y terapeuta escocés Donald Robertson desentraña las claves del método socrático para aplicarlo a la vida moderna, amenazada por los mismos males que ya hundieron la Atenas clásica.
Seamos sinceros, si Sócrates pudiera viajar en una máquina del tiempo hasta nuestros días, quedaría espantado con lo que vería. Se llevaría las manos a la cabeza y seguramente exclamaría: «¡Habéis invitado a los sofistas a vuestras casas!». El filósofo griego detestaba a los sofistas, esos maestros de la retórica que en la Atenas clásica se veían a sí mismos como los más sabios y los más influyentes. Y cómo iba a soportarlos el hombre que pasó a la historia por su famosa frase de «sólo sé que no sé nada».
«Los sofistas serían hoy nuestros influencers», afirma Donald Robertson, autor del aclamado libro Piensa como un emperador romano, que regresa ahora con Piensa como un filósofo griego (editorial Temas de Hoy). Lo que viene a decir Robertson -que sería lo que nos diría Sócrates- es que más vale alejarse de los gurús de la autoayuda e influencers de todo pelaje si queremos acertar en nuestras elecciones vitales. Más filosofía y menos autoayuda para guiarnos en la toma de decisiones que marcan la vida moderna.
«Es como si los sofistas hubieran invadido nuestras vidas. Antes había que ir a escucharlos a que nos lavaran el cerebro y nos manipularan, y ahora los tenemos metidos todo el día en el teléfono móvil, desde donde nos bombardean con la retórica -también la política- provocando ira y extremismo», afirma Robertson por videoconferencia. Según este filósofo y psicoterapeuta cognitivo-conductual, «Sócrates diría que los defectos que se vieron en la democracia temprana de Atenas se han amplificado en la democracia moderna, que puede encaminarse así al desastre e incluso a una especie de dictadura». La democracia ateniense ya lo vivió, recuerda el escritor escocés.
Pero empecemos por el principio, que no puede ser otra cosa que la búsqueda de la sabiduría. ¿Cómo? Aquí radica la gran diferencia entre el pensamiento y el método socrático y el de los sofistas, que bien podríamos resumir como el de la charlatanería. Protágoras, por ejemplo, fue el primero de los sofistas y se consideraba que era el hombre más sabio del mundo. «La gente se limitaba a memorizar lo que decía y a repetirlo», señala Robertson. Los sofistas acabaron por convertirse en celebridades que cobraban tarifas desorbitadas por enseñar a hablar en público.
Sócrates, sin embargo, creía firmemente que «la sabiduría no se obtiene como se puede comprar una bolsa de cebollas en la verdulería». Para el filósofo griego, insiste Robertson, «la sabiduría es una habilidad cognitiva, un proceso, por lo que para llegar a ser sabio hay que aprender a pensar por uno mismo». Y esto nada tiene que ver con empaparse de libros de autoayuda y de superación personal o con engancharse a las famosas charlas TED.
Limitarse a seguir los consejos ajenos no es la solución. Alcanzar la sabiduría tiene que ver más con preguntarse y cuestionarse a uno mismo, con entablar un diálogo de preguntas y respuestas sobre los problemas morales y filosóficos. «Conócete a ti mismo», nos propondría Sócrates. Y la única manera de hacerlo es poniendo a prueba nuestros conocimientos.

Los diálogos socráticos que han llegado hasta la actualidad -sobre todo a través de los escritos de Platón y Jenofonte– muestran cómo el filósofo griego se pasaba el día debatiendo con la gente. «Hablaba con todo aquel que se cruzaba en su camino, incluidos esclavos y mujeres. Esto ya fue controvertido porque, en aquella época, se consideraba que la filosofía era algo propio de las clases altas y de los hombres», apunta el autor escocés. Sócrates preguntaba a todos por sus valores, por sus creencias…
Según Robertson, «Sócrates era como un terapeuta que entablaba un diálogo sincero con otras personas sobre las cosas importantes de la vida, lo cual ayuda a comprender mejor nuestros propios prejuicios». Es más, el autor sostiene en su libro que «Sócrates es el bisabuelo de la autoayuda y la psicoterapia modernas».
Empecé a buscar en la filosofía antigua y acabé haciendo Filosofía en la Universidad. Estudié a Heidegger, a Wittgenstein… pero me parecían algo abstracto. Hasta que di con los estoicos y me di cuenta de que el estoicismo era la inspiración filosófica de la terapia cognitivo-conductual», explica el terapeuta. «Leí a Séneca, a Marco Aurelio y a Epicteto y me quedé alucinado: estos tipos están haciendo psicoterapia». El estoicismo, al fin y al cabo, aboga por el dominio de las propias pasiones. Y para eso, de nuevo, hay que conocerse a uno mismo.
Lo que Robertson propone en su libro es seguir para ello la enseñanza de Sócrates, considerado el padrino de los estoicos, cuyo método pasa por formular preguntas una y otra vez. Se trata, en definitiva, de cuestionarlo todo, incluso las propias convicciones. Por ejemplo: ¿Qué es la injusticia? Cualquiera podría responder que mentir. Sin embargo, Sócrates nos preguntaría entonces si acaso no sería justo que un mando militar mintiera al enemigo durante una guerra, o que un padre engañara a su hijo enfermo para conseguir que tome una medicina que no quiere. El camino a la verdad es algo más que una línea recta y simple.
«Cuando lees libros de autoayuda o escuchas conferencias, lo que sueles obtener son generalizaciones. Triunfan porque la gente busca respuestas fáciles», critica el escocés, que niega que su libro sea de autoayuda. «En realidad, podría considerarse una crítica de aquello en lo que se ha convertido la autoayuda».
Robertson cita con sorna al psicólogo canadiense Jordan Peterson y su famoso libro 12 reglas para la vida. «Curiosamente, una de ellas es decir siempre la verdad, o al menos no mentir, lo cual es prácticamente la definición de justicia que Sócrates criticó», subraya este autor escocés. «Sócrates ya cuestionaba hace 2.500 años las reglas que son generalizaciones simplistas, precisamente porque son engañosas. Sin embargo, eso es exactamente lo que encontramos en la autoayuda moderna». ¿Alguien cree que decir a un jefe la verdad de lo que se piensa sobre él es una buena idea?
Es más importante cuestionar, objetar y dudar que sintetizar la filosofía de vida en un puñado de lemas. Creer sin rechistar a cualquier gurú es lo contrario de la lección socrática. Es más, «las personas que tienen más resiliencia y bienestar emocional demuestran flexibilidad cognitiva, que es la capacidad de pensar de forma innovadora para ver excepciones a las reglas y analizar la realidad desde diferentes perspectivas», según Robertson. «Me atrevería a decir que Sócrates exhibe niveles extraordinarios de flexibilidad cognitiva porque practicaba el cuestionamiento todos los días», llega a afirmar este autor.
Es un psicoterapeuta que reniega de los gurús que han venido a salvarnos de nosotros mismos: «El hecho de confiar en la guía moral o psicológica de otra persona es como confiar en sus indicaciones para atravesar un bosque: solo sirve hasta que vuelvas a perderte. A la larga, te iría mucho mejor si aprendieras a utilizar un mapa y una brújula, es decir, si te guiaras por la razón y por tu propia filosofía de vida», escribe. Depender demasiado de las redes sociales y los manuales de autoayuda para orientarnos en la vida nos puede convertir en una de esas almas perdidas que criticaban los filósofos antiguos. Esas que, de tanto consultar a oráculos para tomar una decisión, acabaron perdiendo la capacidad de pensar por sí mismas.
Robertson aún ve otro problema: la autoayuda no suele servir para lo que verdaderamente necesitaríamos arreglar. Para entenderlo, basta asomarse a la llamada machoesfera, esos foros donde abundan los discursos misóginos. «No es casualidad que en la autoayuda online tengamos a grandes comunidades de jóvenes enojados, consumiendo consejos de superación personal de gente influyente como Jordan Peterson o Andrew Tate. ¿Cómo es posible que alguien consuma enormes cantidades de contenido de superación personal y como consecuencia se enfade todavía más?», se pregunta Robertson.
La respuesta es que no ven su ira como el problema y, por tanto, ni siquiera tratan de aplacarla. Los chicos se enfadan porque no tienen novia sin saber que su ira es lo que hace fracasar una relación. ¿Y eso, qué gurú de la alt right se lo enseña? «Es como si alguien está intentando apagar un pequeño incendio al fondo del jardín cuando lo que se está quemando es la casa entera», resume Robertson.
«Cuando lees libros de autoayuda o escuchas conferencias, lo que sueles obtener son generalizaciones. Triunfan porque la gente busca respuestas fáciles»
Donald Robertson
Los demagogos y populistas ya existían en la Atenas de Sócrates, con la que Robertson ve paralelismos peligrosos: «Sócrates vivió el surgimiento de la democracia ateniense. Atenas se convirtió en un gran imperio bajo el mando de Pericles que, al morir, dejó un vacío de poder que se apresuraron a ocupar los populistas. Ellos supieron explotar las debilidades del sistema democrático y, en lugar de debatir sobre las políticas, se dedicaron a demonizar a sus rivales políticos para acabar con ellos», relata.
¿Y con quiénes se aliaron estos demagogos? Efectivamente, con los sofistas, que les enseñaron a perfeccionar el arte de la oratoria política… y la manipulación retórica. «Decían a la gente lo que quería oír, apelando a sus prejuicios para conseguir su aprobación y ganar cualquier debate, lo cual es extremadamente peligroso», advierte Robertson.
En su libro, relata cómo «los demagogos no tardaron en darse cuenta de que las medidas populistas y la retórica emotiva se podían utilizar para manipular al pueblo y hacer cambiar los votos en la Asamblea mediante el truco de utilizar las debilidades humanas como la codicia, el miedo y la ira». La polarización y la división social llegaron a tal extremo que en la Antigua Grecia estalló la Guerra del Peloponeso, que enfrentó a Atenas y Esparta. El final fue la derrota de Atenas, cuya democracia quedó enterrada con el gobierno de los Treinta Tiranos.
Y culmina: «Es obvio que hoy estamos viendo cómo nuestras democracias se ven sometidas al peso de la retórica política, que provoca ira y extremismo, y que ahora se ha visto enormemente amplificada por la tecnología». Sócrates, que fue condenado a morir por sus ideas bebiendo cicuta, probablemente nos invitaría a desconfiar al máximo. Incluso de nuestros propios prejuicios. O sobre todo de ellos.
PIENSA COMO UN FILÓSOFO GRIEGO
Donald Robertson
Editorial Temas de Hoy. 432 páginas. 20 euros.
Puede adquirirlo aquí.
Fuente: El Mundo
