La Magia que impregnó al Antiguo Egipto

 

Tal era la importancia de la magia que hasta existía un dios para ella, Heka. Habitualmente se lo representaba como un hombre con su pierna izquierda avanzada, según el canon tradicional, y portando sobre su cabeza la parte trasera de un león, aunque también podía aparecer, en su aspecto más terrorífico, con la cabellera desgreñada y sujetando dos serpientes con sus manos, símbolos de su potencia destructiva.

 

La cultura que se desarrolló a las orillas del río Nilo continúa fascinando por su misteriosa complejidad y su rica mitología. Jeroglíficos, pirámides, esfinges, faraones… La cantidad de enigmas que nos ha dejado esta civilización a lo largo de más de tres milenios es de lo más cautivadora. Desde la belleza de sus colosales construcciones funerarias a sus ritos para congraciarse con los dioses una vez dejada atrás la vida terrenal.

La gente participaba en los festivales de los grandes templos, peregrinaba a centros sagrados como Abydos o Saqqara y acudía a los santuarios locales a rezar, realizar ofrendas o consultar el oráculo. Pero al mismo tiempo recurría a los conjuros para curar una enfermedad, a hechizos amorosos para lograr a la persona amada, consultaba calendarios de días fastos y nefastos, y llevaba consigo amuletos que traían buena fortuna.

 

Del mismo modo que se confiaba en que los sacerdotes de los templos principales organizaran el culto oficial y presentaran ofrendas a los dioses, los egipcios acudían en caso de apuro a los magos, únicos intercesores válidos entre los hombres y las fuerzas superiores, poseedores de un saber secreto que se transmitía de padres a hijos.

 

Tal era la importancia de la magia que hasta existía un dios para ella, Heka. Habitualmente se lo representaba como un hombre con su pierna izquierda avanzada, según el canon tradicional, y portando sobre su cabeza la parte trasera de un león, aunque también podía aparecer, en su aspecto más terrorífico, con la cabellera desgreñada y sujetando dos serpientes con sus manos, símbolos de su potencia destructiva.

Heka fue formado por el dios Atum-Re el primer día de la creación del universo, antes del «nacimiento» del resto de dioses, que de esta forma pudieron contar con una fuerza protectora adicional. Más tarde se concedió a los humanos el don de la magia para que se defendieran de las fuerzas malignas que escapaban a su control, como las plagas, las tormentas y las epidemias.

El poderoso escarabajo

 

 

Para protegerse de los peligros emanados de Heka, hombres, mujeres y niños solían portar amuletos a los que atribuían propiedades mágicas. Así, el ojo udjat de Horus era un poderoso amuleto contra el mal de ojo (la maldición lanzada contra alguien para perjudicarle). Los escarabeos, portados por vivos y muertos, eran un símbolo de regeneración, de renacimiento en el Más Allá, como reaparece cada día el Sol tras desaparecer la noche anterior.

 

Los egipcios usaban amuletos para protegerse de conjuros y «pinchaban» figuritas al estilo vudú, para maldecir a sus enemigos, una práctica empleada contra el faraón Ramsés III.

También se habían fijado en el comportamiento de los escarabajos peloteros macho, que arrastran con sus patas traseras grandes bolas de estiércol, las cuales, tras ser introducidas en su madriguera subterránea, sirven de primer alimento a sus futuras crías. El apareamiento de estos insectos tiene lugar en su guarida y, dado que después la hembra permanece en ella, al ver salir a su diminuta descendencia los egipcios pensaron que el escarabajo era una manifestación del Sol, que se renueva por sí mismo. Aunque el escarabeo fue el amuleto más corriente en pulseras, anillos y collares, todas las joyas egipcias eran consideradas amuletos, ya fuese por su forma, su material o su color.

 

Otro método de protegerse de las desgracias en la vida diaria era el calendario de los llamados «días nefastos», aquellos en los que hombres y mujeres procuraban no salir de sus viviendas si no era absolutamente necesario. Eran los días en que las aguas del Nilo se encontraban en su nivel mínimo, lo que dejaba un paisaje de ciénagas nauseabundas que propiciaba la aparición de enfermedades. Como éstas se atribuían a los emisarios de Sekhmet, la peligrosa diosa leona, los egipcios multiplicaban los conjuros y las plegarias ante las imágenes de esta divinidad para aplacar su ira. En las épocas de sequía también aumentaban las consultas a los médicos, porque Sekhmet era también la patrona de la medicina: los egipcios creían que quien tiene el poder de enviar plagas y enfermedades mortales tiene también el de no enviarlas o reprimirlas.

 

La magia estaba tan estrechamente ligada a la religión que obraba incluso en los templos o en las tumbas. Por ejemplo, en los textos que decoran la cámara funeraria de la pirámide del faraón Teti, que reinó hace más de cuatro mil años, aparecen ciertos signos que representan animales mutilados. La razón de esta mutilación era doble: evitar que estos animales peligrosos usaran sus poderes mágicos para atacar a la momia del rey e impedir que se escapasen del texto, ya que en este caso las escrituras perderían su significado y su poder. Los jeroglíficos eran considerados «palabras divinas» y, en consecuencia, tenían una eficacia comparable a la de los más potentes amuletos.

 

Polvo en la cerveza

 

 

Los egipcios creían que los bloques de piedra de los templos sobre los que se esculpían los textos sagrados tenían un poder mágico intrínseco. Por ello, en los muros de los santuarios pueden verse unas marcas verticales y cortas realizadas en algunos casos por canteros y escultores para afilar sus cinceles, y en otros por los peregrinos, quienes al rascar la piedra obtenían un polvo que disolvían en cerveza y al que atribuían poderes curativos por proceder de la casa de un dios. Algunos médicos empleaban un procedimiento semejante: daban de beber a sus pacientes cerveza en la que habían disuelto un pequeño papiro con un conjuro sanador escrito en él.

 

Encontramos otro ejemplo de presencia de la magia en la tumba de Tutmosis III, en el Valle de los Reyes. En la cámara funeraria, las horas del viaje nocturno del dios solar Re a través del Inframundo, pintadas en las paredes, están separadas del suelo por un ancho zócalo negro.

El sarcófago queda bajo el nivel de esa franja negra, que representa el limo dejado por la inundación anual del Nilo, que fertilizaba los campos. Era una forma de manifestar que el barro que daba vida al suelo egipcio haciendo crecer los tallos verdes también contribuiría, mediante la magia simpática, al renacimiento del rey.

 

Magia para el Más Allá

 

 

Para asegurar el nuevo despertar del faraón en el Más Allá se elaboraron los llamados «Osiris vegetantes». Consistían en una figura del dios de los muertos que se colocaba en una especie de tiesto y se cubría con una capa de arena, limo y semillas de cebada. Justo antes de cerrar la tumba, se regaba el recipiente osiríaco hasta que el agua sobrante salía por unos orificios practicados en la base. En la oscuridad del sepulcro, la cebada germinaba y sus tallos verdes –de nuevo gracias a la magia simpática– «incitarían» al renacimiento del faraón.

 

El monarca difunto, asimilado ya a Osiris, necesitaba ser protegido de los enemigos procedentes de los cuatro puntos cardinales. A tal efecto se colocaban cuatro ladrillos mágicos en unas hornacinas excavadas en las cuatro paredes de la cámara funeraria. Sobre estos ladrillos se disponían las imágenes de un pilar djed (símbolo de estabilidad que representa la columna vertebral de Osiris), una figurita del dios funerario Anubis, otra de Osiris y un ushebti (figurilla en forma de momia).

Unas inscripciones en los ladrillos hacían clara referencia a los puntos cardinales, lo que proporcionaba un valor mágico añadido a los ladrillos: si por algún motivo la tumba, y en particular la cámara funeraria, no estaba orientada exactamente hacia los puntos cardinales canónicos, los ladrillos mágicos operarían el prodigio de «girar» la estancia a la posición deseada.

Miles de amuletos

 

 

Las pruebas más evidentes y abundantes de estas prácticas supersticiosas las encontramos en los innumerables amuletos de todo tipo que aparecen por doquier en Egipto, en estratos que van desde el período predinástico hasta la Baja Época; son tantos que en algunas clasificaciones podemos encontrar hasta 275 tipos diferentes.

 

El objetivo del amuleto es ofrecer a su portador seguridad contra algún tipo de amenaza. En algunas ocasiones puede ser algo concreto, como un trabajador que se marcha al desierto y teme ser mordido por un escorpión o una serpiente; en otros se trata de un amuleto contra las desgracias en general, desde el miedo por una mala caída a la rotura de un hueso, pasando por el temor a que un espíritu malvado nos provoque un aborto.

En muchas ocasiones, la forma del amuleto tiene que ver con un mito, que es el que le otorga su valor y capacidad protectora. Por ejemplo, llevar un loto –una flor que durante el día flota plácida sobre la superficie del agua y por las noches se cierra y se sumerge en las profundidades– implicaba llevar consigo la capacidad para renacer una y otra vez.

La magia y el modo en que los egipcios la utilizaban, aparece en una amplia variedad de documentos: papiros médicos, estelas funerarias, textos religiosos… En ocasiones, el detalle de estos textos es tal, que incluso nos permiten conocer el ritual seguido, el material empleado y las palabras pronunciadas para asegurarse de que la magia tuviera lugar y fuera eficaz.